miércoles, noviembre 29, 2006

Half Moon (Luna llena): Muerte dulce



¿Qué más se puede pedir que morir acompañado de tus hijos realizando tu mayor sueño? Pudiera ser que esa palabra disfrazada de mujer que viene a buscarnos en el ocaso de la vida no fuera tan mala como parece. Y si además, la muerte es dulce, si nos ayuda a cruzar la linea entre un lado y otro, ¿perderíamos acaso el miedo a nombrarla?
Mamo siente que su vida se agota justo en el momento en que el tirano Husseim es borrado de Iraq y el gobierno iraquí accede a que su música hasta entonces arrinconada en el kurdistán iraní pueda ser escuchada del otro lado.
Y cruzar la frontera de Iran a Iraq es como cruzar la frontera que todo ser humano tarde o temprano tendremos que cruzar. Los majestuosos paisajes que el autobús familiar va recorriendo van pasando por los ojos de Mamo como esa secuencia que muchos dicen que significa el momento justo antes de morirse. Sus hijos van subiendo uno a uno al autobús como entrando en la habitación donde su padre agoniza. Hasta su gran amigo compositor de música y represalias se hace presente en sus últimos momentos. La realidad y la ficción (mágicamente contadas) se mezclan, perdiendo protagonismo la primera según la vida del compositor va a acercándose al final donde ya todo son sueños, parte de la nueva vida en la que Mamo entra triunfalmente, celebrando su último no, su primer concierto.
Y de fondo, el telón de la injusticia, de la miseria, de la represión militar, de un pueblo kurdo que se siente parte de dos países y que no les dejan ser de ninguno.
La denuncia de las voces femeninas silenciadas, del arte destruido por tiránicos gobiernos, de gente que huye con sus cadáveres acuestas asesinadas por las balas americanas de la paz.
Si alguien a dudado alguna vez que el cine es arte, aquí está Bahman Ghobadi para demostrar lo contrario. Una auténtica obra maestra de las que hace que tu cabeza vuelva constantemente a la película para atar cabos.
Cine necesario con un humor inteligente, con unos actores sinceros y creíbles, con una fotografía de una riqueza descomunal y con un guión extraordinariamente tejido, todo ello bañado con la cultura y la música de un pueblo kurdo, que ojalá, como Mamo encuentre su lugar en el mundo.

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